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La espera es real. Todos esperamos algo en algún momento de la vida. Esperamos cosas, eventos, o a personas. Una madre espera su bebé, un trabajador espera cambios de horarios, el empleado espera una decisión de su jefe, los niños esperan regalos. Esta es una vida de espera.

 

Para Israel la espera tenía que ver con un libertador que viniera a rescatar a todos de la opresión. Esperaba una salida, una respuesta. Y me pregunto si eso es lo que muchos esperamos en esta época de adviento. Esperamos esperanza. Y no es fácil tener esperanza cuando no hay razones para tenerla. La gente de Israel entendía bien esto. Habían esperado por siglos para que ese libertador los rescatara, pero no podían verlo sino de lejos. Tan lejos que era intocable, impensable, inalcanzable.

 

Quizás ese es tu estado en esta época de adviento. La espera se ha hecho eterna porque no puedes ver la luz al final de túnel. Esta demasiado oscuro como para poder aún decir que ves algo en el horizonte. Puede ser que la luz no se vea por ninguna parte, pero de eso se trata la esperanza: aunque no podamos ver lo que esperamos, lo aguardamos con paciencia.

 

Todos esperamos algo o a alguien. Una luz, una estrella, pueden ser el atisbo de lo que vemos pero todavía no está aquí. Un atisbo a mejorar nuestra vida, a restaurar relaciones rotas, a crecer y madurar, a recibir sanidad, a encontrar paz. ¿Qué o a quién estás esperando? Hay valor en la espera, aunque parezca sin sentido. La luz de la estrella nos recuerda que un rey está por llegar para hacer todas las cosas nuevas. ¡Podemos esperar con esperanza!

»Lo veo, pero no ahora;
lo contemplo, pero no de cerca.

Una estrella saldrá de Jacob;
un rey surgirá en Israel.»

~ NUMEROS 24:17 ~